25 ene. 2011

2 Minutos



El crujido interno de mi estomago me paraliza, es aquí donde me entero de que el maltrato en mi cuerpo y las sobras de la fatiga van a comenzar a entorpecer mi escape. Tengo afán y se lo alimento a mi cerebro con el desespero de ver tanta sangre en mi cuerpo. Por ahora tengo que tratar de liberarme de esta situación y disimularme en la selva.

Las pupilas vienen tras de mi, dos agujeros sin miedo a perderme dibujados por la luz de una sonrisa que esta satisfecha de hallarme. Es un muerto viviente hambriento.
Respirar es mas engorroso, los sesos comienzan a desfigurarme la realidad, si miro hacia atrás el esta mas cerca, mis uñas se van enterrando más a la tierra y mi sombra se hace mas enorme por que la luna se acerca retratando un patán a todo el vecindario.

Las piernas ya están inertes, parece que me voy entregando sin ninguna vergüenza a la exhibición, donde las muestras somos una una cucaracha que camina en mi espalda y yo. 
El comprador de mi alma es el único que lo presencia, el resto lo ven por la persiana. Las paredes me pintan figuras, puede ser consecuencia del cianuro que accedió a mis vísceras. Mierda, soy un bocado de sangre.
Madre, te has empinado curioseando el reloj, igual que cuando no llegaba a casa, hoy tu presentimiento es cierto y no volveré jamas, resistirás despierta con el reflector en la puerta.
Oh mujer, con un ventarrón glacial te abrazo mientras una corazonada de que el amor ha emigrado te levanta insegura a mirar la luna buscando mi grito en la oscuridad.
No puedo continuar, un animal me mastica. ¿Será esto alucinación?. Cada vez más negro.

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